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Dos entradas a modo de escaparate son el preludio de una escenografía tan sorprendente como generosa. A un lado un jardín de orquídeas único en la ciudad. Al otro y como acceso funcional al restaurante, una barra de bar con un imponente sobre de madera maciza y una alfombra de flores rojas suspendidas del techo.

Le sigue la cocina con perímetro de cristal de modo que en todo momento se observa el proceso, y a partir de ahí comienzan las pasarelas de madera sobre los riachuelos en los que nadan las carpas, las mesas altas, las que se hunden a nivel del agua... También retablos con escenas hinduistas y lo más impresionante: una casita flotante de madera procedente del río Mekong.

Todo ello, como rúbrica que aprta credibilidad a la marca Indochina, se rodea de una auténtica selva de plantas, flores y árboles que nos hacen sentir en una auténtica selva.